La luz secreta

LA LUZ SECRETA
(Eligio González Pérez)
(Cuento ganador en el 5º concurso de cuentos “cuéntame tu diversidad” de la
comunidad de Madrid [EMSI] Escuela de mediadores sociales para la inmigración.
Colabora Cruz Roja Española.)

Esta es la historia de una pregunta fácil con una respuesta difícil, de un loco sin nombre y de Juan.Todo ocurrió como ocurren las cosas importantes, de repente, un día cualquiera y en el momento menos esperado.

Aquella tarde, Juan estaba en casa solo y aburrido. Sus padres habían salido a comprar, y para pasar el rato, como tantas veces, encendió la televisión,

“En un pueblo de Cádiz un hombre asesta seis puñaladas a su mujer causándole la muerte. Tras ser detenido ha pasado a disposición judicial. “
“Continúa la búsqueda de la patera que naufragó en la madrugada de ayer en las costas de Lanzarote. En las labores de rescate se han encontrado los cadáveres de un
hombre y de dos mujeres, aunque no se descarta que puedan encontrarse más víctimas. En lo que va de mes asciende­­a ciento veinte el número de inmigrantes que
han sido detenidos en las costas Canarias,”

“Como resultado de la explosión de un coche bomba en Nayaf mueren seis soldados y otros tres resultan gravemente heridos”
“Tres individuos de origen desconocido golpean a un joven marroquí durante una discusión, causándole un traumatismo craneoencefálico grave. Los médicos que le
atienden temen por su vida. “

Juan cambió de canal pensando que así podría borrar de su mente lo que acababa de ver y oír. Se recostó en el sofá, ausente, inmóvil, intentando encontrar un sentido a tanta tragedia, pero una tristeza plomiza y cruel se había apoderado de su espíritu. ­Papá, ¿por qué motivo las personas se odian, se pelean y se matan?­ preguntó mientras cenaban. Sorprendido por la pregunta, su padre lo escrutó largo rato en silencio. Intuyó que Juan iniciaba el duro viaje que atraviesa la frágil frontera entre la adolescencia y la vida adulta, y sabía por su propia experiencia que a partir de este momento comenzaban las preguntas sin respuestas, las contradicciones y las razones de la sin razón. Poco a poco, indefectiblemente, su hijo empezaría a darse cuenta de que el mundo del que ha disfrutado estos años es sólo una parte del mundo real. Que existe otro mundo, “el mundo, muchas veces incoherente, de los adultos”, donde tendrá que buscarse un hueco y aprender a defenderlo el resto de su vida. ­

-Hijo mío, en el mundo en el que vivimos, por desgracia, siempre han existido guerras y violencia, y siempre las habrá­ sentenció su padre restándole importancia a la pregunta. ­
-Sí, papá, eso ya lo sé, pero ¿por qué? ­
-¿Por qué?­ repitió.
-­Sí, ¿por qué? ¿Por qué siempre han existido guerras y violencia si la mayoría de las personas queremos vivir en paz?
-­Pues­ titubeó ante la insistencia de su hijo ­pues…, porque hay hombres y mujeres egoístas a los que no les importa hacer daño a los demás si obtienen a cambio algún beneficio­ dijo improvisando con lo primero que se le vino a la mente. ­
-Eso también lo sé papá, pero, ¿por qué esas personas son así? Y además, ¿por qué el resto del mundo les consentimos que nos impongan sus ideas y no nos rebelamos?
Verás, Juan­- dijo su padre tras un largo silencio, e intentando buscar una respuesta sincera que zanjara la cuestión ­a medida que vayas creciendo, entenderás que en la vida hay muchas situaciones desagradables frente a las que no podemos hacer nada. Experimentarás que las personas tenemos que estar continuamente decidiendo qué hacer y cómo hacerlo, y muchas veces, sin comprender por qué, escogemos mal. No sé por qué motivo frente a dos opciones somos capaces de elegir la peor, pero hasta tú mismo comprobarás que es así, ya lo verás. Hay situaciones que no tienen o no merecen respuesta hijo mío, se trata de aceptarlas tal y como son, y probablemente ésta es una de ellas­ susurró sin estar muy seguro de haber acertado en la respuesta.

Decepcionado, Juan miró a su madre, Ella sabía que su hijo estaba esperando que dijese algo. Buscó en los acontecimientos de sus cincuenta años de vida una respuesta con la que consolarlo, pero no la encontró. Como tantas otras personas, había aceptado que el mundo es como es, sin pararse a pensar por qué era así y no de otra forma.
-­No sufras por eso, Juan. Aunque yo tuviera la respuesta, y no la tengo, ¿qué ganarías tú? ¿Vivirías más tranquilo? ¿Serías más feliz? No lo creo. Tú sólo debes preocuparte por ser buena persona y por evitar que a ti te ocurran cosas como esas. No podemos arreglar el mundo, hijo mío, no podemos, aunque quisiéramos.
-Ya, pero eso no tranquiliza a nadie, mamá, a nadie.

Juan, sin respuesta, sufrió la noche más larga de su corta vida. Hacía esfuerzos sinceros para dormir pero las preguntas se le amontonaban en la cabeza, asediándolo, tras cada pregunta aparecían nuevas respuestas que descartaba inmediatamente por absurdas. Se prometió a sí mismo que interrogaría a cada persona que encontrara en su camino hasta que fuese capaz de comprender el verdadero origen del odio, de las guerras, de la violencia, de la dificultad que tienen los seres humanos para convivir respetándose y en paz. Se levantó de la cama inquieto, y a través de la ventana de su habitación sintió que el pueblo que dormía en silencio le susurraba desde muy lejos; “Tengo respuestas para tus preguntas Juan, tengo respuestas para tus preguntas, pero las tengo guardadas y escondidas, búscalas y las encontrarás”. Como cada día se duchó, tomó un desayuno ligero, dió un beso a su madre y se fue a clase. La mañana, mientras tanto, se consumía lentamente.

-­Muy bien, chicos, faltan diez minutos para que se acabe la clase. ¿Alguien tiene alguna pregunta?­ era Mercedes, la profesora de historia, siempre tan guapa y elegante. Juan levantó la mano. ­
-Yo tengo una pregunta, bueno en realidad es una pregunta compuesta­ dijo .
-Muy bien, adelante, dinos cuál es­ le animó ­¿Por qué hay tanta violencia en el mundo? ¿Por qué existen hombres que maltratan a su mujer y a sus hijos? ¿Por qué hay muchos inmigrantes que tienen que vivir humillados sólo por el hecho de estar en otro país? ¿Por qué hay guerras? ¿Por qué si vivir en paz es la meta de tanta gente tan pocas lo consiguen? ¿Por qué?, ¿sabe usted por qué pasa todo eso? En la clase se produjo un silencio sepulcral. De repente, las miradas de todos los compañeros de Juan se clavaron, como agujas en forma de pregunta, en la profesora,
que se había quedado petrificada.
­-Sí, eso digo yo, ¿Por qué?­ insistió el último de la fila­ Yo también quiero vivir en paz­ gritó
El aula se llenó de un pesado susurro, y un enorme y abrumador ‘¿por qué?’flotaba en el aire envolviéndolo todo y acosando ala profesora.
-Vamos a ver, chicos, guardad un poco de silencio, por favor. Juan, esa pregunta es más apropiada para una clase de Filosofía, una humilde profesora de historia, como yo, sería incapaz de darte una respuesta que aclarara tus dudas­ dijo, haciendo un regate a la pregunta, y fingiendo una sonrisa tras la que escondió su completa ignorancia. ­Hablaré con don Francisco y le pediré que trate este tema en la próxima clase de Filosofía, seguro que él tiene una respuesta convincente­, sin ningún disimulo consultó su reloj. ­Muy bien, Juan, si no tienes más “preguntitas compuestas” podemos irnos que ya es muy tarde­ volvió a sonreír, aunque esta vez le costó más esfuerzo, cogió el bolso y se apresuró a abandonar el aula.

Estupendo, gracias de todas formas, otro intento fallido, pensó. De camino a casa se sentó en un banco en busca de nuevas respuestas que no llegaron. Y todo ocurrió como ocurren las cosas importantes, de repente, un día cualquiera y en el momento menos esperado. ­Bonito día­ vociferó un anciano que estaba a punto de sentarse a su lado­ el cielo está despejado y luce el Sol, los pájaros cantan alegres, la primavera adorna todo con su esplendor, la vida brota, fluye y rebosa generosa, sí señor, maravilloso día, no puede haber otro igual a este. ¡Ah, Bécquer!, cuánta razón tenías cuando dijiste que mientras haya primavera en el mundo habrá poesía. ¡Cuánta razón tenías!­ volvió a gritar. Juan le miró. El anciano lo remiró y sonrió.

-­Sí, la pena es que tengamos más motivos para llorar que para reír­ dijo volviendo a bajar la cabeza.
-­Un pensamiento demasiado negativo para alguien tan joven­ le respondió el anciano.
-Lo que ocurre a nuestro alrededor ocurre, no importa la edad que tengamos. ­
-Ah, entiendo.
-¿Qué entiende? ­
-Nada, eso, que las cosas pasan independientemente de lo que dijera Bécquer.

Juan volvió a mirarle, sabía que estaba hablando con “el loco del pueblo”. Vivía solo desde hacía muchos años en lo alto de la montaña. Era un pobre viejo a quien nadie hacía caso. “La muerte de su mujer y de su hijo lo han trastornado para toda la vida”, decían de él los vecinos, a causa de sus extravagancias. Aún así decidió correr el riesgo y formularle la pregunta también a él. No tenía nada que perder. ­
-Por casualidad, no sabrá usted por qué existen la violencia, el odio y las guerras. O por qué razón unas personas discriminan a otras por pertenecer a otra religión, a otro país o simplemente por tener una forma diferente de pensar. El viejo creó un larguísimo silencio.
­-Pues, claro, que lo sé, hijo mío, claro que lo sé, pero no por casualidad,­ afirmó rotundamente.
-Y le importaría iluminarme­ respondió Juan con ironía.
­-Pues claro que no, hijo mío, claro que no, todo lo contrario. Pero es que resulta que tengo que irme­ dijo levantándose y consultando un viejo reloj que llevaba en la muñeca y que hacía años que no funcionaba­ estaré toda la tarde en mi casa, si vienes a visitarme hoy encontrarás la respuesta a tu pregunta. Sólo un loco como yo puede responder a una pregunta como esa sin mentirte, y además tener razón­ volvió a mirar a Juan, sonrió, se levantó de su asiento y se alejó silbando y hablando con el viento.

Viejo loco, pensó para sus adentros, por lo menos sabe quién es.
El anciano volvió apresuradamente sobre sus pasos. Se dirigió de nuevo a Juan y le dijo: ­-Toma, hijo, casi se me olvida darte esto. No lo abras hasta que yo desaparezca. Juan recogió un trozo de papel que parecía tener algo escrito. Abrió la mochila, lo metió dentro, le dio las gracias y volvió a sonreírle.

Esperó hasta llegar a su habitación. Una vez allí abrió el trozo de papel que le había entregado “el viejo loco”. Tenía escrita una frase que decía: “Hay cosas que son colocadas en nuestras vidas para reconducirnos al verdadero camino de nuestra historia personal. Otras, para que podamos aplicar todo aquello que hemos aprendido, y finalmente algunas, unas pocas, llegan para enseñarnos las grandes verdades que nos permiten vivir en paz”.
Qué hombre tan extraño, pensó, invoca a Bécquer a gritos saludando a la primavera, lleva encima, escondidos, papelitos con mensajes escritos, reconoce que está loco y, por si todo eso no fuera suficiente, afirma con rotundidad que tiene la respuesta a mi pregunta. ¿Qué hago? ­se preguntó a sí mismo ¿Voy a verlo o no? Si no voy, estaré el resto del día y toda la noche preguntándome qué me hubiera contado, y si voy y no consigo lo que quiero, sólo habré perdido un poco de tiempo. Iré!, está decidido. ­
-Mamá, me voy a casa de Alberto, Tenemos un examen la próxima semana, no sé a que hora volveré­ mintió cuando creyó que había llegado el momento de salir.
-­Muy bien, hijo, si no llegas a tiempo para la cena, avísanos, ya sabes que nos preocupamos si tardas. ­
-Vale, mamá, adiós­ le dio un beso y se fue.

Desde la última parada del autobús tuvo que andar casi treinta minutos hasta llegar a lo alto de la montaña. En el camino tropezó con un poste que tenía clavado un cuadro en el que se podía leer:

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música,
Muere lentamente quien no se deja ayudar.
Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los dios los mismos trayectos,
Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo,
quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.
Muere lentamente quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.
Muere lentamente quien abandona un proyecto antes de iniciarlo.

PABLO NERUDA.

Recorrió el trozo de camino que le quedaba acompañado por el eco de lo que acababa de leer. “Muere lentamente”, “muere lentamente”. Llamó a la puerta y esperó.
Casa Viejo Loco
-­Pasa, está abierta. Mi puerta siempre está abierta.
Estaba intranquilo, no podía negarlo. Había escuchado tantas cosas sobre esta casa y este hombre, que le costaba pensar con claridad y articular las palabras. Abrió la puerta, Lo encontró sentado frente a él, con un libro entre las manos,.
-­Buenas tardes.
Sin levantar los ojos del libro extendió el brazo con la palma de la mano cerrada y el índice extendido en dirección a él, en un gesto claro que le indicaba que esperara un momento, y continuó leyendo.
-­Tú dirás­ dijo después de unos minutos que a Juan se le hicieron eternos, pero que le ayudaron a serenarse.
­-No sé si se acuerda de mí, esta mañana estuvimos conversando en el Parque Viejo. Yo le hice una pregunta y usted me dijo que si venía a su casa encontraría la respuesta, y aquí estoy­ dijo simplificando mucho y dejándole claro la única razón de su visita.
-Ah, sí, Ya recuerdo, Me sorprendió mucho encontrar a alguien tan joven atormentado por una preocupación más propia de adultos, pero vivimos en un mundo peculiar y somos víctimas de todo lo que da forma ese mundo.­ Dijo mirándole fijamente a los ojos. ­
-¿Cuánto estarías dispuesto a pagarme por responder a tu pregunta? ­
-¿Cómo?­ exclamó Juan, sin disimular su sorpresa. No se le había pasado por la cabeza la posibilidad de tener que comprar su respuesta. ­
-Sí, hijo mío. Supongo que quien se inquieta por los motivos que a ti te preocupan también es capaz de comprender que en esta vida, por suerte, todo tiene un precio. El primer impulso que tuvo Juan fue dar media vuelta y volver a su casa por el mismo camino por el que había venido. Pero encontraba algo en este hombre que le atraía. Su mirada tenía reflejos de sinceridad, de poder, de sabiduría. Dejó pasar unos segundos sin apartar la mirada del “viejo loco” y, resignado, sacó la cartera de su bolsillo con intención de comprobar cuánto dinero tenía. ­
-iJa, ja, ja! Ya veo cuál es el problema­ sonrió con estrépito, Verás, hijo mío, esta tarde cuando hablamos te dije que no te mentiría, y quien quiere ofrecerte algo valioso a cambio de dinero está intentando engañarte, no lo olvides nunca. Juan estaba desconcertado, pensó que todo esto iba a ser más fácil. Esta situación empezaba a ponerle de mal humor,
Y si no es con dinero,
-¿cómo puedo comprar mi respuesta? preguntó irritado.
­-Pues, con lo único que se pueden comprar las cosas importantes, con tu tiempo. El tiempo es lo más valioso que posee mos, lo pagamos con la vida.
-­ Muy bien, ¿cuánto tiempo me costará mi respuesta?­ dijo, dispuesto a llegar hasta el final.
­-Tres horas­ respondió.
­-De acuerdo, pagaré tres horas a partir de este momento, ni un minuto más.
­-Ni un minuto más. Tres horas y tendrás la respuesta a tu pregunta. Sólo tienes que hacer dos cosas muy sencillas. ¿Ves ese sendero de ahí? ­dijo señalando un camino
estrecho que comenzaba entre dos árboles­ recórrelo durante una hora prestando mucha atención a todo lo que te rodea, luego vuelves y me cuentas lo que has visto.
­-¿Bromea?
-­No, muchacho, no bromeo. Tu tiempo se está consumiendo.
-Juan no entendía el motivo, pero la aureola de misterio que rodeaba a aquel hombre le seducía y le gritaba que se fiara de él. Había venido convencido de que todo sería
igual que con sus padres y con la profesora. Él preguntaría y el “viejo loco” le daría su respuesta, convincente o no. Pero en vez de una respuesta lo que tenía a cambio
de su pregunta era una invitación a pasear por un sendero desconocido. No entendía nada.Nada de nada. ­
-Muy bien, lo haré, pero antes respóndame a una pregunta, se lo ruego,.
-­Tú dirás. ­
-¿Por qué no es todo más sencillo? Yo le formulo mi duda y usted me regala su respuesta. ­-¿Cómo te llamas, muchacho?­ le preguntó dulcemente con un tono un tanto paternal.
­-Juan, me llamo Juan.
-Verás, Juan. Jamás encontrarás una persona capaz de responder a tu pregunta, aunque vivieras cien años, jamás. O eres capaz de llegar tú mismo a la respuesta o morirás como la gran mayoría de la gente, ignorante, lleno de dudas, de contradicciones y sin respuesta a las preguntas que dan sentido real a nuestra vida.
-­Y si recorro ese sendero encontraré la respuesta a mi pregunta. ­
-Estoy seguro, pero debes estar muy atento a todo lo que veas­ le respondió el viejo.
­-De acuerdo, no me queda más remedio que confiar en usted­ dijo. Y decidido se fue.

Transcurridas dos horas y con el día llegando a su fin, regresó. El sendero se adentraba en el bosque, y el contacto con la naturaleza, junto al silencio del que disfrutó, interrumpido solamente por el canto multitudinario de los pájaros, lo había inundado de alegría. La puerta de la casa estaba abierta, y el viejo sentado en el mismo sitio en el que lo había encontrado la primera vez, leyendo el mismo libro.

-­Muy bien, ya he pagado la mitad de mi deuda­ dijo optimista­.
-¿Cuál es la segunda cosa que debo hacer?
El viejo le miró y sonrió. Alargó su mano cerrada con el índice extendido y Juan entendió que debía esperar.

-­Lo has hecho muy bien Juan, ­dijo levantándose y acercándose a la puerta­ ahora debes recorrer nuevamente el mismo sendero durante media hora y regresar. Tienes que mantener el mismo estado de atención. Cuando vuelvas me cuentas lo que has visto. ­Pero está oscureciendo, se hará de noche cuando esté dentro del bosque respondió atemorizado.

-­No te preocupes, eso tiene fácil arreglo­ dijo, y le entregó una linterna que tenía preparada en la mano. De nuevo se sintió víctima de la burla de un loco y le asaltaron las dudas, pero había decidido llegar hasta el final, así que cogió bruscamente la linterna dispuesto a todo. A medida que se adentraba en el bosque crecían sus miedos y se agigantaban alimentados por ruidos desconocidos mezclados con las luces y sombras que proyectaba la linterna a su alrededor, !Y de repente!, ocurrió algo para lo que no estaba preparado, ­¡Maldita sea!, !lo mato, a ese viejo loco yo lo mato!­ exclamó desesperado mientras golpeaba la linterna que se había a pagado­ !La madre que lo parió!

Lleno de ira y alumbrado por el tímido haz de luz que la luna proyectaba sobre la negra noche,Luz de la Luna dio media vuelta sin saber si sería capaz de regresar sin perderse.
­-¡¡Maldito viejo loco!!­ le increpó cuando estuvo frente a él, ¿Tiene usted idea del miedo que me ha hecho pasar? He estado a punto de perderme dentro de un bosque que no conozco por culpa de la mierda de linterna que me ha dado­, dijo desbordando la rabia acumulada, y arrojando la linterna contra el suelo, Adoptó un tono burlón, y comenzó a decirle;­ Las grandes verdades se compran con tiempo. Tres horas y tendrás la respuesta a tu pregunta. ¡Viejo loco! La culpa es mía, sólo mía, por fiarme de un loco­ vociferó iracundo.

-­Si eres capaz de tranquilizarte y analizar lo que ha ocurrido te darás cuenta de que sin saberlo ya tienes la respuesta a tu pregunta­ le respondió ignorando los insultos.
-­¿Cómo? ¿Qué significa eso de que sin saberlo ya tengo la respuesta a mi pregunta?­ dijo atónito. ­Lo único que sé es que he estado perdiendo el tiempo. Bueno, perdiendo el tiempo no­ y recurrió nuevamente al sarcasmo, ­he dado dos “paseítos” por un bosque desconocido, en el primero he visto muchas cositas bonitas, animalitos, el río, los pajarillos que no paraban de cantar, la paz que inunda mi alma, la proximidad con el más allá, y en el segundo tuve la oportunidad de morirme de miedo pero preferí dejarlo para otro día­ le increpó con un tono de voz ajustado a la decepción que sentía. ­Y si el camino era el mismo, ¿por qué has experimentado en tan poco tiempo emociones tan opuestas? ­¿Eh?, ¡qué por qué he experimentado emociones distintas? repitió desconcertado y contagiado por la serenidad que el anciano desprendía. ­-No sé, dígamelo usted, que parece que tiene respuesta para todo.

Y todo ocurrió como ocurren las cosas importantes, de repente, un día cualquiera y en el momento menos esperado. ­

La clave está en la oscuridad, Juan, en la oscuridad. La primera vez que te adentraste en el bosque te guiaba la luz del Sol, ibas confiado, podías prestar atención a los detalles, relacionarlos con el entorno como si fuese un todo único del que tú también formabas parte, La luz te permitía dar significado a todo lo que tus ojos eran capaces de ver y eso te daba seguridad, pero en la segunda ocasión todo cambió. Ya no tenías la luz del Sol, ahora tu camino lo alumbraba el débil haz de luz de una linterna. Sabías que a tu alrededor existía un mundo pero eras incapaz de interpretarlo, sólo podías abarcar y comprender el trocito de realidad que la linterna te mostraba, y eso generó en tu interior ansiedad, miedo y dependencia. Sí, dependencia, piénsalo bien, la falta de luz era el origen de tus miedos y a la vez sólo podías tenerlos controlados aferrándote a esa luz. Entraste en un círculo cerrado del que no podías salir, hasta que la linterna se apagó y llegó la oscuridad total, y con ella el miedo se transformó en pánico. Ahora ya no sabías dónde estabas, qué había a tu alrededor, eras incapaz de distinguir el camino por el que andar. La primera reacción, golpear la linterna que te había fallado, estoy seguro, y después de comprobar que los golpes no arreglaban nada, En tu mente se generó un deseo, descargar la ansiedad acumulada sobre aquel a quien tú creías responsable de esa situación. A partir de ese momento, el bosque que te rodeaba desapareció, y junto con él el resto de ti. Sólo tenías un fin, llegar aquí y descargar tu ira. Y tú, como todos, cuando nos creemos justificados para dar rienda suelta a nuestra cólera, sentiste un extraño placer en la explosión violenta de emociones contenidas. Juan estaba perplejo, la descripción era perfecta. En el rostro del viejo se manifestaba la gravedad del juez cuando ha dictado sentencia y sabe que ha sido justo. ­-Muy bien, acepto su análisis y, además, sinceramente, lo aplaudo, Pero, ¿qué tiene qué ver todo eso con el odio, las guerras, la violencia y la marginación? ­Tiene mucho que ver, Juan, tiene mucho que ver. Lo que tú has vivido hoy como individuo es lo mismo que experimenta la sociedad como grupo, Déjame que te lo explique. Para que un ser humano pueda dominar a otro, o para que unos pocos puedan dirigir toda una nación, es imprescindible crear dependencia y toda dependencia parte del mismo mecanismo, generar una necesidad que provoque ansiedad o miedo, controlar los medios para satisfacer esa necesidad y unirlos a la liberación de la angustia o a un sentimiento de placer. El gran éxito de este mundo en el que vivimos es que ha conseguido tapar la luz del Sol, única fuente verdadera de luz y de seguridad. Nos ha envuelto en la oscuridad y los temores, y nos ha regalado con astucia linternas para guiar nuestro camino, que como tú ya sabes por experiencia son el origen de los miedos que transmiten ansiedad, ira y dependencia.
-­Muy bien ­dijo Juan alucinando y hecho un lío ­ahora sólo falta resolver el jeroglífico e interpretar los símbolos, sol, luz, oscuridad, linternas, ­
-Veo que estás captando el sentido­ afirmó sonriendo con ironía el viejo. ­El Sol que a ti te permitió adentrarte en el bosque con seguridad y disfrutar de lo que te rodeaba y que a la humanidad le permite andar por la vida libre de temores, de violencia y de fracasos es la cultura, y no me refiero a saber mucho ni a leer muchos libros, eso es sólo un medio pero no es el fin, tampoco a esta cultura del envase que nos rodea hoy por todas partes, donde es más importante el envoltorio que el contenido. Me refiero al conocimiento que nos lleva a comprender que somos un punto en una línea que atraviesa el tiempo y el espacio. Que la vida no empezó en el momento en que nacimos y que no se limita al pequeño círculo que nos rodea. Que más allá de nuestra casa, de nuestro trabajo y de nuestro país existen otras personas con una percepción del mundo distinta a la nuestra, pero igual de válida. Para poder llegar a asimilar eso es necesario, incluso, ir más allá de nuestro tiempo, y trasladarnos a épocas pasadas en las que también existieron hombres y mujeres con una noción de la sociedad y del individuo dentro de ella, distinta a la tuya y a la mía. Tenemos la obligación y el deber de escucharlos también a ellos. Sólo conociendo el pasado de este hermoso planeta en el que vivimos seremos capaces de comprender el presente, y de vivir todos unidos en armonía con él y con el entorno, porque los seres humanos nos manifestamos en lo que hacemos, pero estamos marcados sobre
todo por lo que hemos hecho para cambiar lo que somos, la cultura de la que te hablo, Juan, nos lleva a comprender que somos potencia, que cada ser humano es capaz de llegar a alcanzar lo que se proponga si conoce el mecanismo mediante el cual transformar esa potencia en acto. La cultura de la que yo te hablo engrandece al hombre, lo ayuda a crecer, le hace comprender que es una parte del todo y lo llena de armonía, lo hace libre, verdaderamente libre. Ese es el único y verdadero Sol.

donde todo está bien visto, la relatividad donde todo es subjetivo y depende de quién y desde dónde lo mire. Nos ofrece las religiones que, guiadas por la iluminación de A cambio de esto, nuestro iluso mundo nos ofrece pequeñas luces que nos desnaturalizan y nos envuelven en tinieblas permanentes. Intenta que nos creamos que la vida empieza cuando nacemos y termina cuando morimos, lo que nos conduce a vivir prisioneros del momento y del miedo a morir, que es un cóctel donde muchas veces germina la semilla de la violencia. Nos ofrece el materialismo, en el que lo importante es tener cosas que no necesitamos al precio que sea. Nos ofrece el hedonismo, que circunscribe al hombre a su capacidad de gozar de los sentidos y lo lleva a la muerte de los ideales y al vacío de sentido, Nos ofrece la permisividad un Dios a quien nadie ha visto, aseguran conocer lo que ocurre después de la muerte, y utilizan ese conocimiento para condicionar nuestro presente. Y si sigues pensando y analizándolo verás que existen más y más linternas que generan dependencias que la sociedad se encarga de satisfacer para cerrar el círculo. Ahí, Juan, está el origen de las guerras, del odio y de la violencia. La falta de luz verdadera nos atemoriza y nos convierte en esclavos de otros hombres y de sus ideales, ni más ni menos.

Juan intentó balbucear algo, pero estaba tan impresionado por lo que acababa de oír que no podía articular palabras, sólo fue capaz de expirar un tímido: !Ah! ­Ahora,­ dijo el viejo con el rostro iluminado, ­todo conocimiento conlleva una responsabilidad y si de verdad crees que lo que te he dicho puede ser cierto tienes que vivir en armonía con ese concepto de vida y transmitirlo a los demás. Lee, medita, reflexiona, estudia, escucha a toda persona que quiera decirte algo, intenta comprender, observa e interpreta todo lo que te rodea guiado por la verdadera luz, Si eres capaz de apagar la linterna y enseñarle dónde está el Sol a una sola persona, habrás cambiado un trocito de este mundo y quién sabe si del futuro.

Juan estaba digiriendo todo lo que acababa de escuchar y no sabía qué decir, ni qué hacer, Permaneció largo rato en silencio, bloqueado.
-­Muy bien, gracias­ dijo, con las ideas atropellándose unas a otras, e incapaz de pensar con claridad.
-­Adiós y vuelve cuando quieras, ya sabes que mi puerta siempre está abierta.
-Se despidió noqueado y regresó a su casa con la seguridad de que algo muy importante había cambiado dentro de él para el resto de su vida.
-La humanidad anda a oscuras, se repitió a modo de resumen, hay que apagar las linternas y encender el Sol.

Eligio González Pérez.


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